La acumulación excesiva de grasa en el hígado puede permanecer durante años sin provocar síntomas evidentes y, en algunos pacientes, evolucionar hacia inflamación, fibrosis e incluso cirrosis.
La enfermedad, conocida tradicionalmente como hígado graso, recibe actualmente el nombre de enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD) cuando está vinculada a factores cardiometabólicos.
Se estima que afecta aproximadamente a tres de cada diez adultos a nivel mundial, aunque su frecuencia varía entre regiones y grupos de población.
¿Qué ocurre en el hígado?
La enfermedad aparece cuando se acumula una cantidad excesiva de grasa dentro de las células hepáticas.
En muchas personas esa acumulación permanece estable, pero en otras puede generar inflamación y daño celular. Como parte del proceso de reparación, el organismo produce tejido cicatricial, conocido como fibrosis.
Si la fibrosis progresa durante años puede alterar la estructura del hígado y evolucionar hacia cirrosis, etapa en la que el funcionamiento del órgano puede quedar seriamente comprometido.
No todas las personas con grasa en el hígado desarrollarán estas complicaciones.
Obesidad y diabetes, entre los principales factores de riesgo
La enfermedad está estrechamente relacionada con alteraciones metabólicas.
Entre los factores que aumentan el riesgo se encuentran:
- obesidad o exceso de peso;
- diabetes tipo 2;
- niveles elevados de triglicéridos o colesterol;
- hipertensión arterial;
- resistencia a la insulina.
También existen personas que desarrollan la enfermedad sin presentar estos factores de manera evidente, debido, entre otras causas, a determinadas variantes genéticas.
La combinación de genética, alimentación, actividad física y condiciones metabólicas influye en el riesgo individual.
Puede avanzar sin dar señales
Uno de los mayores desafíos es que el hígado graso puede no producir síntomas durante buena parte de su evolución.
Algunas personas presentan cansancio o molestias inespecíficas, pero muchas descubren la enfermedad durante análisis de sangre, estudios de imágenes o evaluaciones realizadas por otros motivos.
Incluso las transaminasas pueden encontrarse dentro de valores considerados normales en personas que ya presentan alteraciones hepáticas.
Por ello, una analítica normal no siempre permite descartar por sí sola la enfermedad.
El entorno también influye
Los especialistas destacan que el riesgo no depende únicamente de factores biológicos.
El acceso a alimentos saludables, las condiciones económicas, las posibilidades de realizar actividad física y el acceso a servicios médicos también pueden influir en la aparición y evolución de los trastornos metabólicos relacionados con el hígado.
Las personas con mayor vulnerabilidad socioeconómica pueden estar más expuestas a dietas de baja calidad nutricional, sedentarismo y dificultades para recibir atención preventiva.
Cambios en el estilo de vida siguen siendo fundamentales
Durante años, el manejo del hígado graso se concentró principalmente en reducir peso cuando existe sobrepeso, mejorar la alimentación, aumentar la actividad física y controlar enfermedades como diabetes, hipertensión y alteraciones del colesterol.
Estas medidas continúan siendo esenciales, especialmente durante las fases iniciales.
La pérdida de peso conseguida de manera saludable puede reducir la cantidad de grasa hepática y, en algunos pacientes, mejorar la inflamación y la fibrosis.
Nuevos medicamentos amplían las opciones
En los últimos años comenzaron a aprobarse tratamientos dirigidos específicamente a determinados pacientes con formas más avanzadas de la enfermedad, particularmente cuando existe inflamación y fibrosis significativa.
Estos medicamentos no están indicados para todas las personas con hígado graso y su utilización depende del grado de afectación, otros problemas de salud y la valoración médica.
Además, continúa la investigación de nuevas moléculas y combinaciones terapéuticas destinadas a frenar la progresión de la enfermedad.
Detectarla antes de que avance
Las personas con obesidad, diabetes tipo 2 u otros factores metabólicos pueden beneficiarse de una evaluación individual del riesgo hepático.
Dependiendo del caso, el médico puede utilizar análisis de sangre, ecografía y pruebas no invasivas para estimar la cantidad de grasa y fibrosis presente en el hígado.
La identificación temprana permite actuar antes de que aparezcan daños avanzados y, al mismo tiempo, reducir otros riesgos asociados, especialmente los cardiovasculares.
